Uno de hadas


«Tras un día agotador y en busca de un poco de calma a mis sentidos, me refugié en mi biblioteca en busca del libro perfecto para la ocasión. Me puse las gafas de ver de cerca y atiné con un volumen pesado que no tenía rótulos en el lomo. Vaya -pensé- Este ejemplar está aquí desde hace muchos años, pero yo, empeñado en leer complicada filosofía, nunca le había prestado atención. Debe tener tantos años como mis hijos, que ya son padres. Soplé delicadamente sobre las hojas del libro, aún cerradas, y una nube de polvo blanco revoloteó por la estancia, y lejos de hacerla irrespirable, la iluminó de un modo sutil. Despertó mi curiosidad de tal modo que decidí dejarme llevar por sus historias.
Me recosté en mi viejo butacón en la postura ideal para ponerme a navegar por maravillosas fábulas y me dispuse a leer, cuando noté una ligera presión sobre mi pie izquierdo. Me incorporé para ver qué había caído sobre mi zapatilla y, sorprendido, encontré una pequeña hada verde sentada sobre mi dedo gordo.
-¡Pero que cosa tan bonita!
No fui capaz de controlar mi entusiasmo al ver aquel diminuto ser sobre mi zapatilla y la pequeña hada, asustada, levantó el vuelo rápidamente hasta subir por encima de mis ojos.
-No te asustes pequeña. No te voy a hacer daño. Sólo quiero verte. Eres... eres una cosita preciosa.
Tras revolotear alrededor de mi cabeza, se posó sobre una estantería y me miró detenidamente, no sin cierto aire de desprecio.
- ¿Te gustan mis plumas negras?-preguntó altiva.
-¿Plumas negras? Yo sólo veo -toqué levemente con la yema de los dedos sus delicadas alas para que se desplegasen- unas alitas de colores casi transparentes y preciosas. Pero no veo esas plumas negras de las que hablas.
-¿Colores? Oh, vamos, los cuervos no tenemos alas de colores.
Intenté sofocar mi risa dándole forma de carraspera y volví a mirarla, creyendo estar en un sueño.
-Pero tú no eres un cuervo. Los cuervos son muy serios, y traen malas noticias, tú eres un hada, y las hadas sois buenas. ¿Verdad?
-¡¡Yo no soy un hada!! ¡¡Cómo tengo que decírtelo!!
-De acuerdo, un cuervo.
No quería que se enfadase innecesariamente. Sólo que se quedase allí conmigo para contemplarla y poder dar fe de su existencia. Aunque jamás pudiera hablar de esto a nadie sin que me tachase de loco. Revoloteó hasta aposentarse sobre la mesa de la biblioteca y echó un vistazo a los papeles que se amontonaban sobre ella. Alzó el vuelo sujetando una de las hojas hasta levantarla y comenzó a leerla detenidamente.
-¿Esto lo has escrito tú?- Me preguntó.
-Así es -le respondí aliviado creyendo que el extraño malentendido había terminado.- Quiero escribir un libro de cuentos infantiles para mis nietos. Y ahora que estoy jubilado tendré más tiempo para hacerlo...
La pequeña hada soltó el papel dejándolo caer de nuevo sobre la mesa y me miró con cierto brillo en sus ojos.
-Escribes cuentos...-afirmó con una voz femenina y sugerente como no se la había oído antes. Ese cambio de tono no podía ser fruto de mi imaginación. De repente dejaba de comportarse como un animalito perdido para mostrarse extrañamente seductora.
- ¿Escribirías para mí?
-Ppues... bueno- Vi cómo alzaba de nuevo el vuelo y se dirigía lentamente hacia mí.- ¿Y sobre qué te gustaría que escribiese?
-Sobre lo que tú quieras -dijo con la voz más sugerente que nunca. Rozó mi mejilla con sus alas al pasar hacia mi espalda.- Me gusta mucho que me cuenten cuentos. ¿Me contarás cuentos? -Susurró.
-Claro, si tú quieres...
Me giré para volver a tenerla cara a cara. Pero en lugar de un hada pizpireta me encontré una muchacha, de mi estatura, que me miraba entre seductora y desafiante. Sus alas habían desaparecido y sus ropajes negros caían lánguidos resaltando su incomparable belleza. Hizo una leve mueca de sonrisa y se acercó lentamente a mí.
-Te has comprometido. Ahora no te puedes echar atrás.
Tragué saliva mientras se acercaba más y más. Caminó alrededor de mi como antes lo había hecho mediante sus alas y me miró de reojo al hacerlo.
-Ya puedes empezar.

Poco tiempo después de aquella visita, de la que jamás pude hablar con nadie, mi mujer y mis hijos decidieron que lo mejor para mí era ingresarme en este psiquiátrico. Mi vida se había reducido a escribir y escribir. Cuanto más escribía, más creativa estaba mi mente y más se apoderaba de mi aquella maldita criatura.
He procurado no pensar en nada, pero las ideas vienen a mí aunque no las busque. Creo que es ella, que me da el alimento necesario para volver a por mí y absorber de nuevo lo que me queda de vida. No soy más que otro cerdo al que alimenta de fantasías novelescas para devorarlo después, pues de ello vive.
Me alegro cuando el enfermero me inyecta los sedantes y mi mente se vacía. En esos momentos creo que he ganado la batalla, pero la guerra sigue en pie.
Ahora, con la poca lucidez que me queda y antes de que esa zorra de las tinieblas vuelva a por mí, quiero avisaros de que existe. Quiero avisaros de que os encandilará, como lo hizo conmigo. Acabad con ella antes de que sea demasiado tarde.»

-Maldito loco, cada día estoy mas harto de estos chiflados. Menos mal que éste ya la ha palmado. ¿Con qué demonios crees que ha escrito todo eso?
Dos enfermeros miraban con desidia la carta póstuma que el anciano había dejado escrita en la pared. Uno de ellos se acercó para ver el relieve de las letras. En la habitación no había pintura, ni lápices, ni nada con lo que pudiera escribir. El viejo renunció a tenerlos "para no caer en tentaciones" había dicho. Tras mirar detenidamente la pared, olisqueó para intentar reconocer el origen de la tinta y encogió rápidamente el gesto. Miró a su alrededor y encontró tirado en el suelo, muy cerca de donde habían hallado el cuerpo del anciano, una pequeña rama, seguramente arrancada del magnolio que crecía junto a la ventana de la habitación. Siguió revisando el suelo para dar con un orinal sucio. levantó la vista y miró al otro enfermero que empezó a atar cabos.
-Oh, no, no, no.-Se echó las manos a la cabeza. Ahora comprendía por qué olía tan mal en la habitación.
Se esmeraron en limpiar las paredes y volver a pintarlas rápidamente, para volver a ocupar la celda con un nuevo esclavo de su propia mente, pero nadie reparó en lo que en ella decía. Bajo las capas de pintura, el mensaje de aviso desapareció para siempre.

Terminado el engorroso turno. Uno de ellos de dirigió hacia su coche. Se detuvo delante de la puerta para buscar las llaves, que, tras sacarlas de su bolsillo, cayeron al suelo. Al agacharse a por ellas vio una sombra extraña bajo su auto. Se acercó para ver qué era y descubrió un voluminoso libro de cuentos forrado en piel y sin letras en el lomo. Miró a su alrededor por si encontraba a quien lo hubiera perdido pero no vio a nadie.
-Tiene unas ilustraciones fantásticas. Quizás las pueda copiar para practicar un poco.
Cerró el libro y sopló sobre las tapas para sacudirle el polvo que pudiera haber cogido en el suelo. Lanzó el libro sobre el asiento trasero, se sentó y arrancó el motor.
En ese preciso instante, desde el espejo retrovisor, presenció cómo una extraña luz verde se movía tras él.

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