Ciudad Mesías


Hace tiempo, cuando nuestras prisas y nuestra falta de escrúpulos arrasaron la mayor parte del ozono de la atmósfera, convertimos nuestro mundo en un infierno. Cuando hicimos de nuestra capa un sayo y tuvimos que alimentarnos de seres que jamás nos hubiéremos llevado a la boca, nos tocó expiar nuestros pecados y asumir nuestra responsabilidad. Descubrimos cuantas cosas podríamos haber hecho antes de esperar que los gobernantes de las grandes potencias moviesen ficha. Por suerte, la ciencia nunca se rindió, y dada la situación, se puso al mando de la nueva lucha.

Fuimos recluidos en ciudades cúpula de lo que se llamó “tecnología verde”.Todo siguió igual a simple vista, solo que el cielo que veíamos, no era tal. Lo reciclábamos todo, desde la ropa y la basura hasta los ladrillos de las casas que se derribaban. Todo se aprovechaba, todo se remendaba. No se podía fabricar nada que no estuviera ya creado. Se cerraron las fabricas. La bolsa y la especulación perdieron todo sentido y poco a poco, con la reticencia de los antiguos dueños del planeta, desaparecieron. El dinero tampoco tenía ya razón de ser. Se acabó prescindiendo de todo aquello que no tuviese una utilidad práctica y el ocio se empezó a basar en cosas que requirieran poco tiempo y recursos de preparación. La gente trabajaba con las manos y se comunicaba. La industria del cine desapareció en los primeros años. Las grandes cadenas de televisión cerraron y solo quedó abierto un canal educativo ante la falta de espacio para crear escuelas. La gente volvió a leer. Los teatros se convirtieron en el pasatiempo favorito.

En algunas zonas, donde las antiguas cárceles quedaban fuera de los núcleos poblados, se quiso prescindir de ellos y no se les dio protección frente a la radiación. Sorprendentemente, y para escarnio de aquellos que así lo decidieron, muchos de ellos sobrevivieron y se hicieron inmunes a las altas temperaturas y a la radiación solar. Le llamábamos los twaregs y eran acogidos en cualquier casa con respeto, pues de ellos dependió en gran medida nuestra subsistencia. Recolectaban del exterior especies vegetales que volvian a brotar, necesarias para alimentarnos y para crear nuevos medicamentos, ya que la producción intensiva era costosa y empezó a verse como una aberración. La temperatura regulada ayudó a que la proximidad y el encierro pasara sin sobresaltos y a que el calor no nos volviese agresivos. Se erradicaron el cáncer de piel y gran parte de las alergias ambientales.

Todos nos dimos un respiro. Nosotros recuperamos la vida que habíamos perdido en pos de la fama, el poder y el dinero. La tierra poco a poco también se recuperó. Cien años después de la construcción de la primera cúpula volvimos a salir al exterior y aprendimos a respetar aquello que tan generosamente se nos había ofrecido.

3 comentarios:

  1. Muy interesante Miss Archer, y, seré curioso pero, ¿es ésta su visión de una sociedad post-apocalíptica o es sólo un ejercicio?

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  2. En realidad era un ejercicio. Se trataba de tener una visión esperanzadora del futuro de la tierra tras los problemas ecológicos de la actualidad.
    ...Era algo así, fue hace mucho... :S

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  3. No deja de ser válido por el tiempo, y me alegra que proponga una visión esperanzadora en el tema, y exelente nerración, además.

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