Habitación 202


Cuando una persona decide dedicar su vida a salvar la de los demás, los motivos no pasan únicamente por el valor desinteresado de la acción. Muchos de nosotros tenemos colgada de nuestra espalda, como una mochila pesada, alguna historia, algún recuerdo que nos ayudó a tomar una decisión así.
Había visto decenas de disecciones en el instituto anatómico forense. Tras superar la barrera del olor y una vez consigues abstraerte lo suficiente como para dejar de ver en la mesa a lo que fue en su día un ser humano, lo demás es relativamente fácil. Con el tiempo, los motivos que me trajeron hasta aquí se fueron difuminando y sólo volvían a mi cabeza si a alguno de mis compañeros de la residencia de estudiantes, en mitad de alguna borrachera, le daba por ponerse filosófico y preguntármelo. Tras dar mis razones y devolver la pregunta, me daba cuenta de que los motivos eran nuestro mal común y nos convertían en un enjambre de románticos idealistas, al creer que nuestros nuevos conocimientos iban a convertirnos en dioses capaces de desafiar la propia muerte.

Todo eso cambió no hace mucho. Quizás una semana. He perdido la cuenta de los días. Mientras perseguía a mi adjunto por los pasillos del área de cardiología, el timbre de una habitación sonó en la zona de enfermeras. Corrimos tras dos de ellas que se dirigían a toda prisa a una habitación cercana. Aquel hombre sufría una parada cardíaca y nos pusimos manos a la obra. "María, el desfibrilador"...
Al acercar aquel trasto a la camilla vi de refilón cómo sacaban al acompañante de la habitación con los ojos desencajados. Me acerqué a la cama, fuera camisón, a doscientos, gel, palas... "¡Todos fuera!"
¡Pum!

Dejé de ver lo que tenía que ver. Dejé de estar allí. De repente volvía a tener catorce años y volvía a rememorar el instante en el que ninguna enfermera me contuvo tras la puerta de ninguna habitación. Volví a cruzar el umbral de la habitación doscientos dos. Volví a ver a mi padre con el torso desnudo convulsionando tras cada desfibrilación. Volví a notar el mismo miedo, el mismo horror ante la imagen dantesca, en lo que se convierte lo que uno consideraba el pilar de su vida, que se desmorona. Volví a ver a mi madre tras de mí con el dolor en su rostro y volví a sacarla a empujones de la habitación. "¡Vámonos, tú no tienes que ver esto!". Minutos más tarde nos confirmaron su muerte.

Me han ofrecido quince días de vacaciones obligadas. Dicen que tras darle más de cinco descargas totalmente injustificadas, desoyendo cualquier orden, me lancé sobre la cama a gritarle a aquel hombre, casi frito por mi culpa, que no se muriera. Dicen que me ensañé con él, que le apliqué un masaje cardíaco absurdo con tal violencia que se oyeron crujir algunas costillas. Dicen que lloraba y que tras la impotencia me abracé al cuerpo inerte mientras le pedía perdón por no haberle salvado.
Dentro de pocos días me espera el director del hospital y el consejo para ver como retomamos el asunto. Es mi primer año como residente y tengo miedo. Dicen que aquel hombre se podía haber salvado si mi actuación hubiese sido un poco más cauta. Yo tenía un motivo para estar allí, pero ahora no lo tengo.
 
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